ldquo;No se ignora por nadie en la República, cómo se han distribuido algunas veces los fondos destinados a la conversión de los indios por las autoridades civiles, y en la Tierra del Fuego se produjo este hecho: que estas tribus no tienen dónde estar, no tienen dónde vivir, porque son perseguidas por los pobladores que han llegado a veces hasta ofrecer una libra esterlina por cada indio que se matara, según informes verbales allí recibidos”, tramo del discurso pronunciado por el ministro de Relaciones Exteriores Amancio Alcorta, este día, en la sesión de la Cámara de Diputados de la Nación (Enrique S. Inda. El exterminio de los onas).
Esta admisión de Alcorta, deja en evidencia que el genocidio que se estaba consumando en territorio fueguino era plenamente conocido por el Poder Ejecutivo Nacional.
“La total desaparición de este pueblo indígena, jamás ha tenido explicación oficial. Constituye un verdadero crimen por comisión y omisión de lesa humanidad. Una grave culpa de diversos gobiernos, perdida en las sombras de los tiempos y silenciada en la conciencia de los dirigentes”.
Los selknam, “ni por su número, siempre escaso, ni por su condición de nómades cazadores, jamás constituyeron un peligro ni una amenaza para los nuevos pobladores blancos que se fueron instalando en sus antiguos territorios”. Por el contrario, “vagaban a pie, con sus familiares, sus mujeres y sus niños, llevando a cuesta los armazones de palos y los cueros de sus toldos; las bolsas con sus pobres y escasos enseres. Ellos no disponían de caballos; jamás organizaron ni ejecutaron malones con ejércitos de miles de jinetes armados de lanzas y boleadoras”.
“El Estado Nacional no necesitó establecer líneas de fortines, ni mantener tropas para dar la seguridad a las estancias. Por el contrario, barridos de los campos donde habían vivido desde tiempos inmemoriales; arrebatadas las mejores tierras donde se criaba el guanaco (…), los onas perdieron para siempre la fuente principal de su alimentación y hasta de los cueros de sus vestimentas, su calzado y los precarios toldos para protegerse de las grandes nevadas, las escarchas congelantes y los vientos helados. El Parlamento Nacional, nunca se ocupó de defenderlos. Quedaron condenados al hambre, la miseria y la persecución de los hacendados, con poderosas influencias en los círculos gobernantes” (op.cit.).
Autor: Bernardo Veksler